catalán, lengua de españa

Hace unos años en una entrevista en la televisión de Cataluña, Mariano Rajoy se alzaba como defensor de la libertad al pedir que los padres pudieran elegir en las escuelas catalanas si querían escolarizar sus hijos en catalán o en castellano. La entrevistadora le objetó que el hecho de que la lengua vehicular de la escuela pública catalana sea el catalán no ha creado ningún problema de convivencia en Cataluña, lo cual es cierto. Unos días más tarde Iñaki Gabilondo le trasladaba a José Luis Rodríguez Zapatero una pregunta en la que un ciudadano le pedía al presidente si le garantizaría la educación en castellano de sus hijos en el supuesto de que su familia se trasladara a Cataluña. Zapatero respondió que en el marco competencial vigente él haría todos los esfuerzos necesarios para que los hijos del ciudadano en cuestión pudieran estudiar en castellano en Cataluña. Yo soy español y hablo catalán. No he elegido ninguna de las dos cosas. Soy tan español cómo aquellos que hablan castellano. Yo le pregunto al señor Rajoy si defiende la libertad de elegir que mis hijos estudien en catalán en Madrid. Le pregunto al señor Zapatero si haría todo lo posible por garantizar que mis hijos puedan estudiar en catalán en Madrid. Esta reflexión la hago para que aquellos que no son catalanes ni sienten el catalán como propio se den cuenta de lo que sentimos los catalanes cuando los políticos españoles tratan a nuestra lengua como a un idioma de segunda categoría; supeditado al castellano, menos importante y menos español que éste. El catalán es la lengua propia de Cataluña, donde es un idioma vivo: hablado por una gran parte de los ciudadanos y entendido por la inmensa mayoría. Yo no pido enseñanza en catalán en la escuela pública madrileña. La lengua propia de Madrid es el castellano, y por lo tanto acepto que si me traslado allí mis hijos tendrán que estudiar en castellano. De la misma manera que acepto que si me traslado a París mis hijos estudiarán en francés, porque es el idioma de allí. Es cierto que la Constitución consagra el castellano como la lengua del Estado; y por eso en Cataluña todas las escuelas deben enseñarla. Pero la misma Constitución también reconoce que hay otras lenguas en España, las cuales deben ser protegidas y son tan españolas como el castellano. Descartamos, por lo tanto, esa idea que lleva tiempo difundiendo la derecha y a la que parece que los socialistas también se apuntan de que el catalán es menos español que el castellano. Tampoco es válido el argumento de que una parte muy importante de catalanes son castellanohablantes. Me explico: el catalán era la única lengua en Cataluña hasta el Siglo XX. Y llevaba en esta situación desde la Alta Edad Media. Durante el siglo pasado llegaron principalmente al área de Barcelona interminables olas de inmigrantes del resto de España. De esta inmigración surge el hecho de que en Cataluña se hable también el castellano. Los catalanes nos sentimos muy orgullosos de ser tierra de acogida y mestizaje. Pero exigimos respeto. No es de recibo que una lengua traída por inmigrantes que huían de la pobreza hace apenas cincuenta años prevalezca sobre nuestra lengua propia, ni que se la considere igual. Los hijos y los nietos de esos inmigrantes castellanohablantes han aceptado, cómo es lógico, que aunque en sus casas hablen castellano, la lengua de la tierra que acogió a sus ancestros es el catalán. El problema no está en Cataluña, evidentemente. El problema está en la doble moral de los políticos españoles que exigen que los inmigrantes que llegan a Madrid aprendan el castellano porque es la lengua de allí al mismo tiempo que piden que en Cataluña se pueda elegir no estudiar en lengua catalana, que es la de aquí. Quizá el problema que tenemos en Cataluña es de otra índole. Quizá deberíamos exigir definitivamente esa España plural de la que todos hablan pero que brilla por su ausencia. Quizá deberíamos exigir que la segunda lengua del Estado, que hablamos nueve millones de españoles, debiera ser idioma oficial junto al castellano en toda España. Si no hay voluntad de hacer realidad la España plural y federal donde todos nos sintamos ciudadanos de primera, que nadie se extrañe que algunos aboguemos por la independencia después de llevar trescientos años intentando ser aceptados como iguales.

L’original d’aquest aricle el vaig escriure fa un temps, 2008 si no recordo malament, i volia ser una carta al director a El País. El van rebutjar, però, per excessivament extens; versió oficial. L’he trobat pel meu ordinador i he pensat que seria la meva resposta a l’escandalosa censura de TV3 al País Valencià. Ja que el problema no és concret, sinó general de falta de respecte envers un poble i una cultura. Potser el 10 de juliol hauríem d’haver acampat al passeig de Gràcia…

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